lunes, 21 de julio de 2008

Crianza

Es un lugar común de la genética moderna y la crianza de los hijos que los padres tienen poca o ninguna influencia en el carácter de los mismos. Nunca sabes cómo te van a salir. La salud, las oportunidades, las perspectivas, el acento, los modales en la mesa: quizás esté en tu mano moldear estas cosas. Pero lo que determina en realidad la clase de persona que va a vivir contigo es cómo es el esperma y cómo el huevo que encuentra, cómo se eligen las cartas de dos barajas y luego cómo se barajan, cómo se dividen en dos mazos y se ensamblan para recombinarlas. Alegre o neurótico, desprendido o avaro, curioso o soso, expansivo o tímido o cualquier cosa entre medias; la gran cantidad de trabajo que ya llega hecho puede ser una auténtica ofensa al amor propio de un progenitor. Por otra parte, eso quizás te saque del atolladero. Lo entiendes en cuanto tienes un segundo hijo: dos personas completamente distintas provienen de azares más o menos similares de la vida.
Ian McEwan, Sábado

viernes, 18 de julio de 2008

Deseo

“No quiero morirme, quiero que sea para siempre.” Lo dijo mi mujer anoche. Hablaba de la vida. De la suya, de la nuestra.

jueves, 17 de julio de 2008

Ojos bien abiertos

Pequeña noticia privada: hoy me he calzado un par de anteojos de lectura por primera vez en esta vida. Son bonitos, o eso me parece a mí. Esperaba disfrutar de ellos hace tiempo, pero algo hizo que mi visión fuera excelente hasta llegar al borde de los 50 años. Lo primero que disfruté al ponermelos fue descubrir que puedo ahora ver la textura del papel, el trazo de la letra, las pequeñas rugosidades que hasta hoy, durante los últimos años de bruma, me habían sido vedadas. Debí regresar dos o tres párrafos atrás (El placer del viajero de Ian McEwan fue el último libro que leí en cierta penumbra, Sábado inauguró una lectura plácida y sin esfuerzos), porque me entretuve en estas sorprendente visiones que ya no recordaba y perdí varias veces el hilo de la historia. He comprado un par de anteojos clásicos aunque con alguna impronta de modernidad. Anoche me los he puesto en casa, y mis hijos me observaron con medias sonrisas tímidas: acaso se hayan decepcionado un tanto, pensé, al ver que su padre envejece. Había pensado en arrellanarme en el sillón para entregarme a alguna lectura, pero terminé probando mi ojos renovados en insólitas situaciones domésticas: leí (ahora sí) las propiedades del aceite de oliva detalladas en el envase, leí la composición del vino en le etiqueta (10 por ciento de merlot, un dato que había escapado al entendimiento de mi paladar), leí el procedimiento que debe seguirse en la aplicación de una crema de enjuage. Leí nimiedades, letras escondidas, datos inútiles, pero los leí bajo un sentimiento de júbilo y libertad que me devolvió saberme poseedor de una parte del mundo que había perdido.

viernes, 11 de julio de 2008

Los adioses

Una compañera de trabajo me dice que su padre, un hombre de 72 años que fue un ejemplo de vitalidad, está enfermo. El tiempo ha ido arrumbándolo en la casa que comparte con su esposa desde hace décadas, y él ha alcanzado un grado de obesidad que le impide desplazarse con naturalidad: su universo privado no va mucho más allá de un sillón y la cama, desde donde observa el futuro con fatiga y escepticismo. Mi compañera está angustiada, ahora es ella quien debe cuidar de su padre, arroparlo, cargarlo en sus hombros para que pueda dar pequeños pasos dentro de la casa y de ese modo su vida no se reduzca a dejarse apagar mientras recuerda tiempos viejos con melancolía. De a poco, el humor del padre vencido ha ido ensombreciéndose, y también ha ido crispándose la relación con su mujer: son dos personas mayores refunfuñando a toda hora, hostigándose el uno a la otro mucho más de lo que ambos (y el vínculo que los une desde la juventud) se merecen. Alguna vez se amaron, y acaso sigan amándose de ese modo secreto, distante y algo hosco en que se aman los mayores, en apariencia desinteresados el uno del otro, hundidos en sus silencios, vencidos por la rutina o el pudor, un modo que, sin embargo, en algunos casos esconde sentimientos muy hondos y conmovedores. Mi compañera está angustiada porque ve cómo mengua esa vida, la vida de su padre, sin presentar batalla, desinteresada del mundo y de sus pequeñas alegrías: escuchar un disco de tango que antes lo emocionaba, caminar por el barrio donde lo aguardan sus vecinos de siempre, tomar algo de sol en la plaza o quizá, simplemente, conversar con su hija, una hija llena de preguntas como todos los hijos de esta tierra, conversar de cosas triviales, naderías, zonzeras que en la voz de un padre pueden tener resonancias maravillosas. Mi compañera está angustiada porque ese mundo privado que alguna vez fue refugio y certeza le ha estallado en las manos, porque su padre envejece y su voz y su cuerpo se apagan, se retiran lentamente de este mundo, se alejan de ella. Es una hija que ama a su padre, pero no es ya su pequeña sino una mujer adulta que lo consuela y lo protege y empieza a llorar esa lejanía.


domingo, 6 de julio de 2008

El placer de la pereza

El sábado he cumplido años. El día se ha deslizado sin sobresaltos, en interiores, y me he obsequiado el placer de la pereza. He leído apenas (Hanif Kureishi evocando la historia de su padre y el formidable encuentro cultural de las comunidades india y pakistaní que llegaron a Londres), he dormido una pequeña siesta, y cuando me dispongo a escribir me doy cuenta de que el día ha sido apenas eso: dos o tres miradas con mi mujer, un almuerzo ligero en la estación de tren, el murmullo de una película que ven los niños, Carolina escribiendo en su diario privado, el rasguido de la guitarra en manos de mi hijo mayor (los riffs de Led Zeppelin y Deep Purple en versiones de guitarra española, Here Comes the Sun de los Beatles). Con la merienda llegan los regalos: jabones artesanales que huelen de maravilla, un aromatizador de ambientes (coco, canela, vainilla), una cajita para guardar esos CDs que suelen quedar desperdigados por ahí. Bien mirados, son regalos que otro hombre acaso no apreciaría, y sin embargo los recibo con gozo incontenible. (Incontenible es un modo de decirlo, un arrebato poético útil a los fines narrativos para describir el gesto avaro e insuficiente con que dejo saber que me han gustado muchísimo.) Siempre me han dado un placer algo secreto los enseres del baño, los jabones perfumados, los utensilios de cocina, los platos, fuentes, tasas, copas y cubiertos que conforman las maravillas de la vajilla, las sábanas y toallas que huelen a lavanda o a alcánfor. Conviví con ese placer de manera silenciosa, sin hacer grandes aspavientos, pues tan solo esbozaba interés en esos accesorios (saleros, pimenteros, azucareras de porcelana, fuentones rústicos de barro, cubiertos de plata heredados de alguna abuela, copitas en las que en otro tiempo se tomaba oporto o anís) noté que era motivo de mofa en el a menudo severo (y casi siempre cruel) universo de los varones. No hubo mucho más: unos tallarines con vegetales, un cabernet, lemmon pie. Mi mujer estaba feliz, con esa sonrisa en el rostro que suele asaltarla cuando siente (he intenta convencer de ello al melancólico irremediable que hay en mí) que la vida es una dicha. Había comprado un juego de sillas que nos debíamos hace tiempo, y saldar esa deuda le dio un soplo de energía. “El placer de la acción”, dijo con una sonrisa, y entonces yo me desmoroné en el sillón y me entregue sin remedio a un sueño reparador.

domingo, 29 de junio de 2008

Mapas del futuro

Me preguntan qué sucedió. Digo que nada, apenas una enfermedad miserable que me derrumbó una semana en cama, sin demasiadas ganas de nada: lecturas, música, películas, todo quedó para el día después. Escibir, también. He vuelto a leer esta mañana. Leo, entonces, un párrafo de Hanif Kureishi en Mi oído en su corazón: “Lo que yo le exigía a la lectura era que aumentase mi sabiduría y lo que yo consideraba mi orientación. Con esto quería decir tener ideas nuevas, que funcionasen a modo de herramientas o instrucciones e hicieran que me sintiese menos desvalido en el mundo, menos abandonado, menos niño. Si las cosas las sabías por adelantado, no te asustarían tanto, estarías preparado, como si tu hubieran dado un mapa del futuro”. Eso: un mapa del futuro. He estado pensando, también. Este blog cambiará de nombre pronto, dejará su denominación actual por otra que hable más nítidamente de él. En el camino he descubierto que no es un observatorio de medios lo que me interesa llevar adelante. No ahora. La escritura personal, la bitácora privada, me permite jugar con el lenguaje, urdir pequeñas historias, merodear un territorio parecido al de la ficción aunque con anotaciones muy personales. ¿El nombre? Ya lo veremos. Dénme unos días, habrá novedades.

domingo, 15 de junio de 2008

Feliz día, papá

La etiquete De padre e hijos es la que tiene más entradas en este blog. Esta mañana las he releído, y se me ocurrió que algún desprevenido pudiera sentir alguna curosidad por ellas. Todas merodean el tema de la paternidad, a veces evocando con nostalgia al padre muerto y otras celebrando la maravilla de nuestros hijos. Feliz día a quien ande por ahí.

http://caetaneando.blogspot.com/2008/02/eternautas.html
http://caetaneando.blogspot.com/2008/02/pequeos-lectores.html
http://caetaneando.blogspot.com/2008/03/de-padres-e-hijos.html
http://caetaneando.blogspot.com/2008/03/encuentros-y-despedidas.html
http://caetaneando.blogspot.com/2008/03/msica-en-libertad.html
http://caetaneando.blogspot.com/2008/06/locos-por-el-ftbol.html