Entonces me puse a pensar en quienes me han hecho reir todos estos años. En Groucho Marx y Charles Chaplin, en Buster Keaton y Jerry Lewis, en Don Adams y Woody Allen y Mel Brooks y todos los demás. En los mediodías de la infancia con Moe, Larry & Curly, en los chistes inocentes de Pepe Biondi, en el paso de comedia elegante de Dick van Dyke, en en el disparate sofisticado de Monthy Python. Me he reído mucho aun en tiempos oscuros, y siento una deuda de gratitud con todos ellos. He pensado esto ayer en la noche cuando la televisión argentina rendía tributo a uno de sus humoristas más brillantes el día de su muerte. He pensado qué pena, habiendo tanto hijo de puta por ahí, que se haya ido con su humor filoso pero también pura ternura, porque había ternura y disimulada melancolía en los ojos de Jorge Guinzburg, había una ligera tristeza de payaso que lo volvía entrañable y conmovedor. He pensado todo eso, como tantos de ustedes y de quienes derrocharon cariño en los sitios saturados de internet, y presa de mi oficio intenté ponerle un título a la noticia, encontrar una idea o un sentimiento aprisionado en veinticinco caracteres, tenés 10 minutos para entregármelo, como sucedía en los tiempos en que trepaba a la Olivetti en pleno cierre para despedir a figuras del espectáculo si la nota necrológica no había sido preparada, como ocurre muy a menudo, con anticipación. Y fue entonces cuando recordé la escena, un kiosko con el último ejemplar de Time recién llegado a Buenos Aires una semana tristísima de diciembre de 1980, y el título de la portada pegándote en los ojos: THE DAY MUSIC DIED.
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jueves, 13 de marzo de 2008
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