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domingo, 15 de junio de 2008

Feliz día, papá

La etiquete De padre e hijos es la que tiene más entradas en este blog. Esta mañana las he releído, y se me ocurrió que algún desprevenido pudiera sentir alguna curosidad por ellas. Todas merodean el tema de la paternidad, a veces evocando con nostalgia al padre muerto y otras celebrando la maravilla de nuestros hijos. Feliz día a quien ande por ahí.

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jueves, 12 de junio de 2008

Locos por el fútbol

“Te pido una sola cosa para cuando me muera: quiero que pongas en el cajón el escudito de River, quiero llevármelo conmigo”, me dijo mi viejo. Yo era un niño de unos 10 años cuando me lo pidió. Cada tanto me lo recordaba en medio de la evocación de las grandes figuras de un pasado glorioso. Casi no hablábamos de otra cosa, aunque con los años el fútbol fue cediendo algún terreno a otros deportes que llamaron más o menos su atención. Durante muchos años cumplió con la liturgia del domingo: atendía los detalles previos del partido inminente, en la cancha escuchaba el partido que estaba viendo, leía las primeras y apuradas crónicas en el diario vespertino mientras regresábamos a casa, cenaba en compañía del resumen televisivo, y a la mañana siguiente leía, en la edición matutina, los detalles del encuentro. Lo recuerdo en su lecho de enfermo, en el final, feliz como un niño frente a la pantalla del televisor. En ese novedoso furor de la televisión por cable, a toda hora podía seguir los partidos de las ligas europeas, ver a los mejores, emocionarse con los quiebres de cintura, los amagues, las fintas, esa elegante danza masculina que es el fútbol bien jugado, pura reciedumbre y plasticidad. Era conmovedor (mentira, es conmovedor ahora, en la evocación y en el relato: yo me enfurecía con su desinterés por el mundo y por mis cosas, y eso fue distanciándonos con los años) verlo disfrutar ese mundo de pasiones ciegas. En estos días volví a recordar su liturgia dominical, sus gritos desaforados, su mirada vidriosa en los momentos de frustración, su iracundia cuando prometía en vano romper el carné, volví a escucharlo recitar de memoria varios equipos de distintas épocas, alineaciones enteras con su banco de suplentes incluido, y contar una vez más episodios legendarios, pura epopeya, que nunca supe si eran fieles a la realidad o si la embellecían con sus destellos épicos y su irremediable melancolía. “Fútbol era el de antes, je. Moreno jugaba con una botella de whiskey al lado de la raya”, decía, y entonces se perdía en otras divagaciones que daban cuenta de un tiempo mejor, cuando el fútbol era inspiración e inventiva. Recordé entonces, el domingo, mientras el equipo festejaba una nueva conquista, el día de su muerte, hace casi ocho años, la penumbra funeraria que rodeaba al féretro en el silencio de la madrugada, ahora a solas los dos, mi mano hurgando en el bolsillo el escudo que me había traído mi hermana, el instante en que abro ligeramente su mano fría y pesada, los dedos que tantas noches recorrieron mi espalda para ayudarme a conciliar el sueño, su mano fría y pesada recibiendo el escudo que él quería llevarse para siempre, mi beso en la frente, mi último beso a mi padre muerto. Lloré con una rara sensación de dolor y felicidad, sólo en medio de la muchedumbre enloquecida, y grité como nunca antes la conquista de un nuevo título. “Ganamos, pa”, me abrazaron mis hijos cuando regresé a casa. Jugamos a repetir las malas palabras que sólo están autorizados a decir en la cancha (un territorio liberado), nos reímos, y les conté que hubo un tiempo en que la gente iba al estadio vestida de frac, con galera y bastón, el fútbol era pura inspiración y Moreno (José Manuel Moreno, uno de los mejores de todas las épocas, el integrante de la Maquina, invencible cuando se juntaba con Labruna y Lousteau) jugaba con una botella de whiskey al lado de la raya. O eso me decía mi viejo.

viernes, 28 de marzo de 2008

Música en libertad

“¿Vos escuchás Led Zeppelin?”. Mi hijo dice sí con esa voz teatralmente grave que es pura impostura en la preadolescencia de los 10 años, mirándose el pecho, las imágenes de Zep transportándolo a sus primeras rebeldías. “Mmm…, interesante”, responde el profesor de batería de aire dark. Es su primera clase de música, y se ha calzado la remera de Zep como toda una declaración de principios. Yo sonrío, y con la sonrisa me llegan los recuerdos de mi primera adolescencia, cuando los discos de Deep Purple le abrieron un mundo nuevo al educadísimo niñito de clase media que asistía a un colegio inglés. Fue Purple, y después el rock sinfónico, y luego los Beatles, y pasó mucho tiempo hasta que llegaron los refinamientos del jazz y la música clásica. Mientras lo aguardo en un bar, me pregunto qué hubiera sido de mí sin aquellos embates musicales en los que comencé a escuchar nuevas voces que fueron dándome una voz propia: la voz de la libertad y la rebelión. “Toqué la batería, pá”, me dice a la salida, los pies agitándose como demonios, las manos redoblando el aire de la noche, y entonces recuerdo la potencia de Ian Pace (Deep Purple) y John Bonham (Zep), y las sutilezas de Nick Manson (Pink Floyd) y Bill Bruford (Yes), y las discusiones con mis compañeros por imponer quién era el mejor, y las largas sentadas en el cuarto del compañero de colegio que conseguía discos importados. Todo era sueño, todo era porvenir. “Buenísimo”, le digo, y mientras ensaya sus primeros redobles sobre las rodillas con pitucones me prometo que apenas llegue el fin de semana revisaremos discos juntos, le haré escuchar a mis héroes de entonces, le contaré mi propia adolescencia y mis intentos fallidos con el piano, le diré que está a punto de empezar a ser libre, o a soñar con la libertad como si esta fuera posible, y cantaremos a los gritos Escaleras al cielo mientras trepamos el futuro.


lunes, 10 de marzo de 2008

Encuentros y despedidas

Me piden que recomiende algún libro, y me dejo tentar por Philip Roth. Patrimonio es la historia de una despedida. Leí esa gran novela autobiográfica de un tirón, y entonces escribí este texto para Brando. Lo publico aquí a riesgo de que la repetición defraude a algún lector.

Hoy (hace siete años) ha muerto mi padre. Está recostado en un camastro, los ojos vencidos, un resto de aliento en los labios. Somos dos hombres a solas diciéndose adiós. Los ojos de mi padre (no mi padre, él se ha ido ya) miran el vacío, las últimas imágenes de una vida: un reloj de pared, fragmentos del cielorraso, el rostro de su hijo en penumbras. Mueve apenas la cabeza hacia los costados, con dificultad. Una mascarilla lleva un soplo de oxígeno a su cuerpo fatigado. Lo cubro con una manta vieja, no importa ya: es mi modo de abrazarlo, es el abrazo final. Rozo una de sus manos, tiene las uñas largas pero nada importa: nadie lo verá. No encuentro en mi memoria el recuerdo de esa piel. No nos hemos revolcado en el pasto, no nos hemos abrazado bajo la lluvia, no hemos luchado como niños sobre la cama. Apenas un frío beso matutino antes de partir rumbo a la escuela, no más. Se morirá temprano mi padre. Demasiadas palabras no dichas, demasiados besos no dados.
“Te quiero”, las dos palabras aletean en su boca cansada. Nada ha dicho, sólo he querido escuchar. Debo grabar ese rostro en mi memoria, debo recordar el delgado hilo de esa voz. No lo veré más. No me verá más. Son dos vidas que se distancian. Nunca le he dejado saber que lo quiero, tampoco él. Hemos crecido en silencio, hemos crecido a solas, el uno sin el otro. Lo he acompañado durante las últimas semanas, rodeado de los olores del cuerpo vencido: cada noche, sentado a un costado de la cama, le he dado pequeños sorbos de agua con una cucharita de plata, lo he afeitado lentamente para no lastimarlo, he acomodado las almohadas en las que descansa su frágil cabeza carcomida por la enfermedad. No he apartado la vista de su rostro un segundo, lo he observado como un niño observa un asteroide: la sorpresa de un mundo nuevo a punto de ser develado, la ilusión de descubrir los secretos de un enigma. “Gracias”, me ha dicho cuando lo peiné. Hemos conversado del pasado, me ha dejado saber (ahora sí) que me quiso mucho, pero no ha sabido demostrármelo. Es una idea sencilla para un hombre de 40 años. Me retiro a un pasillo, contengo un llanto hondo. No queda tiempo, no queda más. Le he dado un beso en la frente. “Que descanses.” Poco después de medianoche, me despierta la campanilla del teléfono. “Ya está”, dice una voz. Mi padre ha muerto, entonces. Me visto demorando ese momento, procurando entender lo que sucede, lo que ha sucedido ya. Es el instante más importante en la vida de un hombre: la muerte del padre. En la clínica una voz dice que puedo verlo. El rostro está en calma. Me inclino para besarlo en la mortecina luz del cuarto. Nunca lo había visto dormir. Debo cumplir con algunos trámites, lo reencontraré a media tarde en el servicio fúnebre. Durante el día pienso que he dejado de ser el hijo de mi padre. “Sos el padre de tus hijos”, me dice un amigo, me calma. El cortejo es pequeño, seis o siete personas que lo han querido. No hace falta mucho más en la vida de un hombre. El seco golpe de los terrones sobre la madera, un llanto apagado, la mano de mi mujer tomándome del brazo. “Descansá”, le digo a mi padre. Siete años es mucho tiempo, o es apenas un parpadeo. Es casi medianoche en el hogar. Mi hijo más pequeño, Sebastián, de 6 años, me pide que le acaricie la espalda mientras se duerme. Rozo la piel fresca con la yema de los dedos, lo pellizco en los costados, se ríe. Le cuento una pequeña historia sin dejar de acariciarlo. Me alcanza de pronto un recuerdo de la niñez, un eco lejano. En la bruma entreveo un cuarto, yo tendido en una cama. La mano de un hombre acariciándome la espalda. La mano de mi padre, fresca y oliendo a colonia, abrigo en la hora de la infancia. “Más abajo”, murmura mi hijo soñoliento, me despierta del sueño, traza el itinerario de la caricia, se ahueca y se estira en busca de ese calor familiar. Quizás en un tiempo lejano recordará él este momento, quizá lo atesore como se atesora un juguete temprano, Rosebud, quizá me abrigue alguna vez con una manta vieja cuando yo me abandone a descansar, o me abrace, simplemente, me abrace.

jueves, 6 de marzo de 2008

De padres e hijos

Sucede cada vez que comienzan las clases: recuerdo la película de Daniel Burman con una sonrisa. “Pero mire que yo pago para no participar”, decía el padre atribulado de Derecho de familia, cuando la maestra jardinera lo invitaba a sumarse a otros padres en la organización de la fiesta de fin de curso. Y entonces todos sentimos que ahí se hablaba de nosotros, los hombres de esta época de entre 30 y 40 años, del compromiso afectivo que exige la vida familiar y de las altas demandas de la paternidad. Ya no basta con ser hombre proveedor, no alcanza con asegurarle a la mujer que tenemos al lado bienestar económico, protección y una buena cama. La época –esa bruma en la que pueden entreverse las tendencias de comportamiento, el modo de construir vínculos y los mandatos sociales- nos exige una inversión afectiva importante que no siempre es sencillo descubrir en el mapa genético masculino. ¿O sí? Ustedes me entienden: hasta el más alto ejecutivo, después de asistir a maratónicas reuniones de management y velar por los intereses de su corporación, está llamado a dedicar un buen rato a participar en las clases de matronatación, acompañar a los niños en la tarea escolar y leer a conciencia el cuaderno de comunicaciones, preparar las comidas con un buen equilibrio alimentario, garantizar el baño y el cepillado de dientes, asistir a las reuniones de padres, estimularlos en el aprendizaje de la letra cursiva, retirarlos de los cumpleaños, llevarlos responsablemente al pediatra y el odontólogo, establecer vínculos con otros padres en el colegio, todo eso sin descuidar los mandatos ancestrales. ¿Me siguen? Debemos acompañarlos en el sueño, leerles el cuento que hemos elegido a conciencia, y luego tener resto para la cena y una buena cama. Acabáramos. Me suelo interrogar sobre estas cuestiones en busca de respuestas que nunca llegan. Leo por allí que lo único que conmueve de verdad a los hombres no es ni el éxito deportivo de su equipo de fútbol ni la compra del último modelo de su auto favorito. Es una buena noticia. Lo único que nos conmueve seriamente es la relación con nuestro padre, y ser padres después. Me dicen que la muerte del padre es el episodio más conmocionante en la vida de un hombre. Algo se resquebraja ahí, algo indeterminado que en cierto modo viene a recomponerse cuando tenemos un hijo. Entonces todo recomienza, podemos vislumbrarlos en esa otra bruma que es el futuro, en otro tiempo que no será nuestro, ya hombres y acaso padres, ya entregados a la maravilla de tener un hijo y de arrobarse entonces en ese sentimiento tan luminoso y tan abrumador, tan enloquecedoramente humano.

viernes, 29 de febrero de 2008

Pequeños lectores

He recibido unos cuantos libros esta tarde. Sucede a menudo en mi profesión. Uno de mis mayores placeres es llevar libros a casa. No leerlos, no siempre, sino depositarlo en algún rincón sobre las pilas de otros libros que, irremediablemente, a falta de más bibliotecas, van elevándose en cada cuarto de la casa e interrumpen el paso. Lo que me entusiasma no es la posibilidad de leerlos algún día (es al revés: me angustia la certeza de que jamás podré hincarles el diente a todos),sino saber que en el futuro mis hijos encontrarán en esas historias ventanas a mundos nuevos, alimento para su imaginación. Siempre me emociona verlos leer, asomarse a otras vidas, observarlos cuando espadean furibundos para conquistar castillos medievales o cuando intentan seducir a una princesa montados en su caballo blanco o cuando se trepan en buques piratas dándose a la mar en busca a aventura. En esos momentos de rara intimidad, cuando leen amodorrados en un sillón o en el calor de sus camas, indiferentes a los ruidos o aun al llmado de sus padres, sordamente entregados a la ilusión del relato, siento que se vuelven un poco más libres. Suelo contarles alguna historia a mis hijos antes de que se duerman, casi siempre la misma, con variaciones sólo percibidas por ese agudísimo oído infantil que detecta, aun en la soñolencia de la medianoche, los desvíos más imperceptibles de un relato que debe ser necesariamente el mismo. "No, pá, son gnomos, no enanos", me corrigen, sobresaltados por un matiz nuevo que para ellos parece cambiar el sentido de la historia, porque los niños siempre precisan que los hechos vuelvan a ser los mismos, y los mismos los rostros y los nombres de los personajes, y las mismas las palabras que evocan esas historias: en el fondo, la lectura es un refugio, un lugar inmutable en el que estamos a resguardo de todo. Es también un lugar de maravilla, una ensoñación, y es por eso que a menudo los niños lectores terminan prefiriendo las aventuras de los libros a los juegos o las conversaciones que comparten con sus amigos. Es esa fascinación la que, como lo dice por ahí Alberto Manguel, hace que no leamos los libros de un tirón, sino que nos demoremos en ellos, los habitemos, nos quedemos prendidos entre sus líneas, atrapados en esa ambiguedad que nos mueve a leerlos en apenas una noche, deseosos de conocer el desenlace de la historia para entonces ingresar en mundos nuevos, pero también a preservar el enigma, volviendo dos o tres páginas atrás para recobrar una imagen o un diálogo perdidos, dispuestos a quedarnos en ese espacio de juego -a guarecernos en la infancia- para siempre.

martes, 26 de febrero de 2008

Eternautas

El hombre que tengo ante mí es el número 1 en una empresa de comunicaciones. Todos los días toma decisiones financieras, inclinado sobre el mapa estratégico de la compañía, maneja un cuerpo de gerentes a los que brinda coaching en el área de management, indica el camino a una organización de casi doscientas personas. Es un hombre faro: sus ideas iluminan, infunde liderazgo en los demás. Cada tanto nos reunimos para compartir impresiones sobre el mercado de medios, pero algo nos desvía hacia temas de alguna intimidad, una curiosidad en la conversación masculina. El hombre que tengo ante mí (cuarenta años, una familia consolidada, una situación económica firme y una rara consistencia cultural entre sus pares) tiene un padre itinerante que vive en el extranjero. Ha sido un padre algo autoritario y distante, me dice. No hago preguntas. Quizá esté a punto de develarme (y acaso de develarse a sí mismo) un pequeño misterio. Hace algunas semanas, sonó el teléfono en la casa de Manzanares donde vive. Levantó el tubo, escuchó la voz firme de su padre, la voz de siempre aunque ajada por la fatiga de los años. Hablaron de cosas tribiales, naderías. De pronto, la voz al otro lado del teléfono cobró la sonoridad entrañable y quebradiza de la melancolía: “A veces me pregunto qué anda pensando esa cabecita loca”. El hombre que tengo ante mí repite la frase, una risita contenida en la comisura de los labios, y me gana una emoción extraña. La palabra de su padre lo ha devuelto a la infancia: para el anciano que hace cuatro décadas le dio la vida sigue siendo el muchachito a quien debe guiar y proteger de las hostilidades del mundo. “Decidí entonces hacerle saber en qué estuve pensando en estos últimos años. Le envié dos listas con los libros y los discos que me conmovieron, que dejaron una huella en mí.” Lo cuenta con la misma ligereza con que su padre le hizo saber que añoraba estar más cerca de él: un padre preocupado por su hijo, que desea conocer algo de su destino y ponerlo a resguardo de cualquier daño. No sabe, no puede saberlo, que el suyo es un gesto amoroso de rara dimensión poética. Ni sus minuciosas lecturas del Dante ni la curiosidad que lo ha llevado de la gran tradición helenista a los pensadores del siglo xx (el hombre que tengo ante mí forjó su visión del mundo en una vasta cultura humanista aprendida en los mejores colegios de Roma, San Pablo y Buenos Aires) lo eximen de ser, cuando se enfrenta a sí mismo, un hombre pequeño: no es la grandeza lo que vemos al mirar en el fondo de un espejo, sino las grietas minúsculas que nos vuelven débiles, vulnerables, humanos. Cuando nuestros hijos son niños, el enigma es más fácil de descifrar. En las conversaciones que mantenemos con ellos, creemos poder escuchar la música que suena en sus almas. Miro a mi hijo de 10 años, en la penumbra del cuarto, la lámpara del velador iluminándole un mundo nuevo: esta noche de eclipse de luna le he regalado El eternauta, la novela gráfica de Oesterheld que compré hace varios meses aguardando este momento: un amplio ventanal se abre a un cielo infinito donde el candor infantil descubre planetas lejanos e inexplorados. Mi hijo lee con devoción, y cuando cierra el libro lo guarda en el estante más cercano a su corazón: después de alisar la portada, lo deja junto a su colección de Los Simpson y Star Wars. En el parpadeo en que lo despido con un beso en la mejilla húmeda, entreveo a Juan Salvo, Bart y Luke Skywalker, sus héroes en las noches de ensueño que fatiga su imaginación. Apoyo la cabeza en su pecho, como lo hacían los médicos de antaño, y escucho las voces de esos héroes que agitan la pequeña rebelión que comienza a gestarse en su cabecita loca de niño ya crecido, orgulloso y conmovido al sentir la ansiada cercanía de la adolescencia. “Chau, pá”, me aleja dándose vuelta, es suficiente ya. Entonces vislumbro el momento de la partida, cuando abrazar a su padre le produzca rubor o no tenga siquiera ese impulso de la infancia, o cuando simplemente la vida nos aleje de modo inevitable, y quiera yo preguntarle que sueños y pesares andan dando vuelta por su cabecita loca.