Es un niño de capacidades especiales, padece un desorden neurológico. En la madrugada, suena el teléfono de su casa en General Deheza, un pueblo en el Sur de Buenos Aires. La voz del niño pregunta quién es, y un remolino de voces adolescentes se alza al otro lado de la línea: voces festivas, ruidosas, pura jarana. Lo invitan a acercarse a una casa vecina, y Dieguito va. Observa todo con asombro, con ojos embobados, extraño y admirado en ese espacio de clases acomodadas tan distinto de su casa humilde. La pequeña crónica periodística dice que uno de los amigos lo lleva al patio trasero, el grupo lo rodea, y uno de los muchachos rocía sus piernas con bencina. Tsssssssssss. Dieguito baila envuelto en una llamarada, el cuerpo se quiebra, pero se zambulle en la pileta de puro instinto y sobrevive a la broma. Sin embargo, nada cambiará sus sentimientos más íntimos (su sensación de soledad y desamparo, su necesidad de refugio y afecto), ni siquiera esa muestra de crueldad infantil. La historia la cuenta un viejo policía de la zona. “¿Sabe qué es lo peor?”, pregunta y no aguarda respuesta. “Que si vuelven a invitarlo volverá a ir. El sólo quiere tener amigos.”
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viernes, 18 de abril de 2008
El Diego
Etiquetas:
infancia
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