En un diario del fin de semana, no recuerdo cuál, se menciona un viejo tema que desde siempre inquieta a quienes producen textos: el precipicio de la página en blanco. Leo con interés, porque la sola idea de actualizar este blog diariamente me enfrenta a esa sensación de vacío, parado frente al abismo, sin nada que decir que valga verdaderamente la pena. En estas tres primeras semanas, las pequeñas observaciones acerca de hechos puramente periodísticos han convivido, no sé si naturalmente, con registros aún más pequeños de la vida personal. Durante estos días, compartí un momento de lectura con uno de mis hijos (yo con Sale el espectro de Philip Roth, él con su Harry Potter), lo registré en un par de fotografías domésticas y pensé en contar ese momento de maravilla. Me detuve entonces en las trampas del narcisismo o la vanidad, que tan a menudo nos hacen compartir con los lectores episodios cuya luminosidad fulgura en la intimidad del hogar, para apagarse apenas toma contacto con el mundo exterior. La blogósfera abunda en bitácoras personales, producto de una suerte de big bang que en poco tiempo dispersó millares de pequeños planetas en esta extraña galaxia. Muchas veces sorprende al lector (o al navegante, para decirlo de modo más riguroso) la hojarasca de una vida sin interés para el prójimo o el polvo del exhibicionismo personal. Pero también la literatura va encontrando su lugar en esa galaxia, sobre toda la obra oculta de escritores cuyos textos difícilmente hubiera descubierto la maquinaria de las editoriales, con sus esquemas de negocio tan poco dados a la exploración de nuevos autores. (Orsai, el blog de Hernán Casciari alojado en el segmento de Narrativas, es un ejemplo afortunado de producción de relatos.) Me dicen que acaso el Diario de un editor debiera dar cuenta de otros episodios de la vida de los medios, como parece prometerlo desde su título. Es probable que la sobrepromesa frustre a algunos. Pero, en todo caso, quiero entender este espacio del mismo modo en que vislumbré el periodismo hace treinta años, cuando me acerqué a la profesión: una excusa, apenas, para tomar contacto con otros mundos distintos del mío. Cuando era niño soñaba con ser director de orquesta, fascinado con la posibilidad de armonizar decenas de voces en busca del maravilloso sonido de una voz colectiva. Quizá la construcción de un blog tenga algo de ese milagro de la creación artística (con sus hipertextos y sus enlaces recomendados, con sus videos y fotografías, con sus músicas y sus redes sociales) aunque sea menor su ambición y aunque estas anotaciones de un viajero lo vuelvan fugaz e irremediablemente olvidable. Sin embargo, los arqueólogos de otro tiempo encontrarán en estos planetas minúsculos las piezas de una rara cartografía para comprender el pasado. Será tarea de esos navegantes del tiempo separar la paja del trigo, y leer con astucia los papiros digitales en los que los hombres, ahora, inscriben su historia.
martes, 25 de marzo de 2008
Papiros digitales
lunes, 17 de marzo de 2008
Quemá esos libros
Un amigo me muestra un dispositivo al que llama e-book. Me dice que es una biblioteca virtual que en poco tiempo más alojará cientos de libros en el ciberespacio. Leo en El País de Madrid (lo leo en su edición digital) un espléndido informe que es nota de tapa de Babelia. Se dice allí que existen en el mercado, ya, varios dispositivos en los que convergen internet, la telefonía, el MP3 y el GPS. Y los libros, claro. Animal crecido en la jungla del papel, me consuelo las grandes quemas de libros ocurridas en las últimas décadas: en la plaza de la Opera de Berlín durante el nazismo (“en la Edad Media me habrían quemado a mí”, se resignaba Freud), el saqueo del Museo Arquelógico de Bagdad durante la invasión norteamericana a Irak y la incineración de la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina en Sarajevo. Se quemaron libros en casi todas las épocas, claro, se escribieron índices de libros prohibidos y aun los intelectuales y pensadores demostraron que esa forma de la ignorancia no proviene sólo del fanatismo religioso y la opresión ideológica. Descartes pidió a sus alumnos que destruyeran los volúmenes anteriores a su Discurso del método, David Hume abogó por la quema de los manuales de metafísica, los futuristas de comienzo de siglo pasado propusieron sin más la extinción de las bibliotecas y Vladimir Nabokov, en un gesto de provocación intelectual e incorrección poética, quemó un ejemplar de El Quijote ante seiscientos alumnos durante una de sus clases en el Memorial Hall, en Massachusetts. Es el mismo Borges quien nos brinda algún consuelo poético cuando en La biblioteca de Babel cuenta que algunos hombres vislumbraron que lo primordial era eliminar obras inútiles y se entregaron a desaparecer esos volúmenes. Sin embargo, escribe Borges, no han podido percibir que “la biblioteca es tan enorme que cualquier reducción de origen humano es infinitesimal”. La memoria es más larga que cualquier forma de la ceguera. Y más, claro está, en tiempos del gran archivo digital.
domingo, 9 de marzo de 2008
De inmigrantes digitales
Soy un forastero digital. Inmigrante en la blogósfera. Esa inocencia produce algunas escenas curiosas cuando ingreso en el castillo del departamento online agitando mi última conquista: Google Analitics acaba de avisarme que una persona residente en Lisboa, Portugal, leyó dos textos de mi blog durante un minuto cincuenta y cinco segundos. ¿Sociedades vigiladas? Mis compañeros del mundo digital disimulan su asombro por simple cortesía. “Excelente”, me alientan. Para mí es un fenómeno mágico. A unos pocos metros de ellos, un redactor de Rolling Stone, Juan Ortelli, recibe castigo de sus lectores por haber advertido los problemas legales que pueden afrontarse si se descarga música online. “¿Vos también me vas a pegar?”, me pregunta cuando le cuento que postearé algo sobre downloads. No puedo hacerlo: tiene el cuerpo enteramente magullado por lectores proclives a matar al mensajero. Es un tema complejo, pero las dificultades no pueden ocultar una idea central: compartir archivos musicales es uno de los hábitos culturales más innovadores del nuevo siglo. No soy un heavy user del download, pero hace algunos días, obnubilado por la maravilla de acceder a culturas remotas a golpe de mouse, quise espiar qué está sucediendo con la música de Medio Oriente. En los viejos tiempos, sólo era posible estar al tanto de esas novedades cuando algún amigo viajaba a alguna de las grandes capitales culturales. Demoré ocho minutos exactos en tomar contacto con una solista de Haifa en cuya voz lacerante resuena la tragedia ancestral de toda una región. Dos horas más tarde, tres o cuatro espíritus curiosos me agradecieron online que les haya pasado el dato. ¿Por qué habría yo de privarme de semejante intercambio cultural? Durante mi paso por Rolling Stone, escuché los lamentos genuinos de la industria musical, e inclusive el de artistas educados en la producción cultural offline. Esgrimen razones comprensibles, pero gestos como el de Radiohead –su disco Rainbows fue lanzado en octubre en la web, a un costo relativo que debía establecer el usuario online- terminan por modificar los modos de distribución y consumo cultural. Es curioso, pero en tiempos de individualismo feroz la experiencia online trae de regreso valores comunitarios. Compartir es la palabra clave del tiempo digital.
