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viernes, 4 de abril de 2008

El sueño eterno

“Los veo moverse por última vez en el resplandor del cierre, soñando la revista perfecta con la inútil obstinación de Sísifo: apenas reciban los ejemplares de prueba de la nueva edición, sabrán una vez más que no la han conseguido, pero volverán a intentarlo porque en esa terca búsqueda de la perfección (y acaso de alguna forma de la verdad) escribirán un capítulo nuevo de sus maravillosas biografías.” Han transcurrido muchos meses desde que escribí esa despedida de Rolling Stone, cuando en el número 100 de la publicación dejé la dirección editorial en manos de Ernesto Martelli. Pero sucede que hoy se cumplen 10 años desde su nacimiento en nuestro país, de modo que no tengo más remedio: es tiempo de echar una mirada atrás. Tengo la fortuna de que mi oficina sea lindera a las mesas de trabajo de Rolling Stone. Es un privilegio, porque allí se producen algunas de las mejores creaciones periodísticas, producciones fotográficas y piezas de diseño de este país. Sin embargo, en la hora de la inevitable melancolía, no es tanto eso lo que importa. Lo esencial es más bien la nobleza y la pasión con que los alquimistas de Rolling Stone llevaron adelante esa magia durante todos estos años. Lo esencial es la búsqueda de la verdad, la conquista de la belleza: detrás de la pompa de los retratos fantasiosos de las estrellas de rock, detrás de los andamiajes sobre los que se monta el artefacto pop, está la vocación por observar el mundo y comprenderlo, y acaso la más firme voluntad de que todos (los lectores, pero también quienes llevamos adelante la labor periodística) seamos un poco mejores cada día.

domingo, 9 de marzo de 2008

De inmigrantes digitales

Soy un forastero digital. Inmigrante en la blogósfera. Esa inocencia produce algunas escenas curiosas cuando ingreso en el castillo del departamento online agitando mi última conquista: Google Analitics acaba de avisarme que una persona residente en Lisboa, Portugal, leyó dos textos de mi blog durante un minuto cincuenta y cinco segundos. ¿Sociedades vigiladas? Mis compañeros del mundo digital disimulan su asombro por simple cortesía. “Excelente”, me alientan. Para mí es un fenómeno mágico. A unos pocos metros de ellos, un redactor de Rolling Stone, Juan Ortelli, recibe castigo de sus lectores por haber advertido los problemas legales que pueden afrontarse si se descarga música online. “¿Vos también me vas a pegar?”, me pregunta cuando le cuento que postearé algo sobre downloads. No puedo hacerlo: tiene el cuerpo enteramente magullado por lectores proclives a matar al mensajero. Es un tema complejo, pero las dificultades no pueden ocultar una idea central: compartir archivos musicales es uno de los hábitos culturales más innovadores del nuevo siglo. No soy un heavy user del download, pero hace algunos días, obnubilado por la maravilla de acceder a culturas remotas a golpe de mouse, quise espiar qué está sucediendo con la música de Medio Oriente. En los viejos tiempos, sólo era posible estar al tanto de esas novedades cuando algún amigo viajaba a alguna de las grandes capitales culturales. Demoré ocho minutos exactos en tomar contacto con una solista de Haifa en cuya voz lacerante resuena la tragedia ancestral de toda una región. Dos horas más tarde, tres o cuatro espíritus curiosos me agradecieron online que les haya pasado el dato. ¿Por qué habría yo de privarme de semejante intercambio cultural? Durante mi paso por Rolling Stone, escuché los lamentos genuinos de la industria musical, e inclusive el de artistas educados en la producción cultural offline. Esgrimen razones comprensibles, pero gestos como el de Radiohead –su disco Rainbows fue lanzado en octubre en la web, a un costo relativo que debía establecer el usuario online- terminan por modificar los modos de distribución y consumo cultural. Es curioso, pero en tiempos de individualismo feroz la experiencia online trae de regreso valores comunitarios. Compartir es la palabra clave del tiempo digital.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Detener el tiempo

En medio del ajetreo cotidiano hay un lugar para la memoria. Los editores de Rolling Stone preparan un número especial con el que en dos semanas celebrarán los diez años de la publicación en la Argentina. Revisan textos, imágenes y piezas de diseño, y entonces comienza a exhumarse ese monumental edificio pop en cuyas paredes los mejores artistas de este país inscribieron su nombre. Espío por sobre el hombro de Inés Auquer, la encargada de parte de esa tarea arquelógica, quien a esta hora busca las fotografías idiosincráticas que durante una década contribuyeron a conformar un estilo. Es una tarea apasionante. El archivo de Rolling Stone es un artefacto pop en sí mismo, y quienes en algún momento del próximo siglo procuren entender nuestra época deberán acudir a él. Todo comenzó en abril de 1998, cuando David Sisso llegó a la redacción en las oficinas de La Urraca, donde Andrés Casioli editaba Humor. Fue en un abrir y cerar de ojos: con manos de prestidigitador, David consiguió que la imagen de Mario Pergolini como El Guasón cobrara una potencia fenomenal en la portada del número 2. Con los años fui aprendiendo el truco: se trata de echar una mirada nueva sobre los personajes, de olvidarse por un segundo de la realidad. “Es que la realidad no existe”, me provocaba Sisso, y tenía razón: lo que importa es la verdad. Desde entonces, el ojo de Rolling Stone ha sido uno de los más poderosos lectores de la cultura popular de nuestro país. Su colección de imágenes se ha vuelto icónica, y artistas habitualmente renuentes a someterse a horas de trabajo en un estudio esperan ser convocados con ansiedad para treparse a ese podio de la cultura pop que es la portada. Por suerte, nada ha cambiado. Cuando David Sisso dejó su escritorio, y se llevó con él su imaginación prepotente y su afiebrada creatividad, lo reemplazó Fernando Gutiérrez, un fotógrafo rigurosísimo y de raro lirismo cuyos mejores trabajos pertenecían hasta entonces al mundo del periodismo documental. En estos últimos años, Fernando ha demostrado una sensibilidad poco frecuente que le ha permitido desdoblarse entre la fotografía de alto compromiso social y la construcción del más ambicioso artificio fotográfico. Hace muchos años me interesé en averiguar qué es la fotografía. La respuesta a ese interrogante está alojada en bibliotecas enteras en la que se amontonan ensayos de Susan Sontag y otros pensadores del siglo pasado, pero en el fondo la respuesta es una sola: es nuestro vano intento por detener el tiempo y preservar la memoria; es el deseo incloncluso de retener el pasado, que al esfumarse de modo irremediable nos vuelve tan vulnerables, tan frágiles, tan humanos.

sábado, 23 de febrero de 2008

Tendidos en el diván

Esta tarde he visto la nueva portada de Rolling Stone (un Pity doliente que, ya lo verán, levantará polémica entre los círculos más conservadores como lo han hecho ya el embarazo apócrifo de un travesti o la virgencita trash de una vedette de mala muerte, todas provocaciones del fantástico artefacto pop que es Rolling Stone) y una pequeña muchedumbre reunida en el departamento de arte para evaluar si la imagen estilizada del músico envuelto en una serpiente era mejor que la de su crucifixión. Esta misma tarde he escuchado conclusiones en el laboratorio donde se ensaya la nueva revista femenina de La Nación, una experiencia que lleva meses de movimientos tentativos. He conversado, también, con el hombre a quien confié la dirección de Rolling Stone después de casi 100 números, Ernesto Martelli, quien desde hace varias semanas trabaja sobre el rediseño del sitio web de esa publicación. A última hora, cuando la sala de noticias es ya penumbra, por el ventanuco que me separa de la redacción entreveo a Iván Adaime apurando el primer posteo del sitio inminente. Esta tarde ha valido la pena. Mientras escribo, suena primero el piano melancólico de Brad Meldhau y, luego, la voz de Bob Dylan, una voz nasal, ligeramente áspera y algo desganada: la voz de un poeta que escrudiña el mundo que lo rodea y trae el eco provocador de los beatniks, el ansia de libertad de los defensores de los derechos civiles, los furores incendiarios del rock. Una revolución sin sangre, como escribió Allen Ginsberg. Esta tarde el oficio ha cobrado sentido nuevamente, se ha renovado la curiosidad por el mundo. Hacia la mitad del día le he preguntado a un colega, Hernán Ferreirós, cuál es el mayor desafío de inaugurar un blog personal. "Sostenerlo en el tiempo", me ha dicho. "Es como ir al analista: al comienzo uno siente fascinación, se compromete, no falta nunca. Después comienza a aburrirse, cree que no tiene ya demasiado sentido y lo abandona." Aquí estamos, inmigrantes digitales, tendidos por primera vez en el diván.