En medio del ajetreo cotidiano hay un lugar para la memoria. Los editores de Rolling Stone preparan un número especial con el que en dos semanas celebrarán los diez años de la publicación en la Argentina. Revisan textos, imágenes y piezas de diseño, y entonces comienza a exhumarse ese monumental edificio pop en cuyas paredes los mejores artistas de este país inscribieron su nombre. Espío por sobre el hombro de Inés Auquer, la encargada de parte de esa tarea arquelógica, quien a esta hora busca las fotografías idiosincráticas que durante una década contribuyeron a conformar un estilo. Es una tarea apasionante. El archivo de Rolling Stone es un artefacto pop en sí mismo, y quienes en algún momento del próximo siglo procuren entender nuestra época deberán acudir a él. Todo comenzó en abril de 1998, cuando David Sisso llegó a la redacción en las oficinas de La Urraca, donde Andrés Casioli editaba Humor. Fue en un abrir y cerar de ojos: con manos de prestidigitador, David consiguió que la imagen de Mario Pergolini como El Guasón cobrara una potencia fenomenal en la portada del número 2. Con los años fui aprendiendo el truco: se trata de echar una mirada nueva sobre los personajes, de olvidarse por un segundo de la realidad. “Es que la realidad no existe”, me provocaba Sisso, y tenía razón: lo que importa es la verdad. Desde entonces, el ojo de Rolling Stone ha sido uno de los más poderosos lectores de la cultura popular de nuestro país. Su colección de imágenes se ha vuelto icónica, y artistas habitualmente renuentes a someterse a horas de trabajo en un estudio esperan ser convocados con ansiedad para treparse a ese podio de la cultura pop que es la portada. Por suerte, nada ha cambiado. Cuando David Sisso dejó su escritorio, y se llevó con él su imaginación prepotente y su afiebrada creatividad, lo reemplazó Fernando Gutiérrez, un fotógrafo rigurosísimo y de raro lirismo cuyos mejores trabajos pertenecían hasta entonces al mundo del periodismo documental. En estos últimos años, Fernando ha demostrado una sensibilidad poco frecuente que le ha permitido desdoblarse entre la fotografía de alto compromiso social y la construcción del más ambicioso artificio fotográfico. Hace muchos años me interesé en averiguar qué es la fotografía. La respuesta a ese interrogante está alojada en bibliotecas enteras en la que se amontonan ensayos de Susan Sontag y otros pensadores del siglo pasado, pero en el fondo la respuesta es una sola: es nuestro vano intento por detener el tiempo y preservar la memoria; es el deseo incloncluso de retener el pasado, que al esfumarse de modo irremediable nos vuelve tan vulnerables, tan frágiles, tan humanos.
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miércoles, 5 de marzo de 2008
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