domingo, 30 de marzo de 2008

Eramos tan vírgenes

Un hombre ha muerto. Se ha llevado consigo un enorme conocimiento acerca del mundo. Miró la vida desde una butaca de cine, intentó comprenderla en las páginas de una vasta biblioteca. Conocí a ese hombre hace treinta años, en una sala cinematográfica donde se reponía Que viva México de Serguei Einsestein. Yo era un joven estudiante de periodismo y fatigaba a diario pequeñas salas donde me deslumbraba con la frondosa imaginación de las películas de Luis Buñuel, Akira Kurosawa, Luchino Visconti o Francois Trufaut. Ese hombre me abrió las puertas de una redacción. “Mostrate dispuesto a hacer cualquier cosa, pero todavía no crítica cinematográfica”, me dijo con amabilidad, un poco porque reverenciaba ese género al que dedicó su vida y otro tanto porque la modestia de mi formación intelectual era visible. Desde luego, no le hice caso: a los 20 años somos capaces de llevarnos el mundo por delante (o eso creemos) y conviven en nosotros el coraje, la soberbia y la impunidad de ser jóvenes. En esa vieja redacción conocí a mis mejores maestros. Claudio España fue uno de ellos. Durante tardes enteras lo escuché con un interés que entonces fui incapaz de demostrar, quizá porque nunca, a pesar de ambos, pudimos construir un puente afectivo que nos uniera. Pero aun en esa distancia aprendí de él parte de lo que sé. Amaba el cine acaso más que la vida misma, vivía en una pantalla como el protagonista de La rosa púrpura de El Cairo. Apenas conocí la noticia recordé la muerte de Martín Muller, otro de los maestros que acompañó mis primeros años de formación. Ambos eran dueños de una portentosa formación humanista, y nunca sé responderme adónde irá ese conocimiento ahora que ellos no están. Mi único mérito en ese entonces era la ignorancia, o en todo caso la curiosidad con que esperaba vencerla. En el viejo bar de La Nación, una tarde tomábamos café y Martín me sometió a un pequeño interrogatorio que guardo entre mis mejores recuerdos. “¿Leiste a Chéjov?”, quiso saber. “Todavía no”, respondí. “¿Escuchaste la Quinta de Mahler?”. “No, no escuché a Mahler.” “¿Y has visto la obra de Kandinsky?” “Tampoco, Martín, no la conozco.” Martín sonrió pacientemente, dio un suspiro y dijo: “No sabés cuánto envidio toda esa virginidad. Tenés por delante la maravilla de la primera vez: la primera vez que leas a Chéjov, escuches Mahler o veas un Kandinsky. Luego nunca será igual.” Tenía razón.

viernes, 28 de marzo de 2008

Música en libertad

“¿Vos escuchás Led Zeppelin?”. Mi hijo dice sí con esa voz teatralmente grave que es pura impostura en la preadolescencia de los 10 años, mirándose el pecho, las imágenes de Zep transportándolo a sus primeras rebeldías. “Mmm…, interesante”, responde el profesor de batería de aire dark. Es su primera clase de música, y se ha calzado la remera de Zep como toda una declaración de principios. Yo sonrío, y con la sonrisa me llegan los recuerdos de mi primera adolescencia, cuando los discos de Deep Purple le abrieron un mundo nuevo al educadísimo niñito de clase media que asistía a un colegio inglés. Fue Purple, y después el rock sinfónico, y luego los Beatles, y pasó mucho tiempo hasta que llegaron los refinamientos del jazz y la música clásica. Mientras lo aguardo en un bar, me pregunto qué hubiera sido de mí sin aquellos embates musicales en los que comencé a escuchar nuevas voces que fueron dándome una voz propia: la voz de la libertad y la rebelión. “Toqué la batería, pá”, me dice a la salida, los pies agitándose como demonios, las manos redoblando el aire de la noche, y entonces recuerdo la potencia de Ian Pace (Deep Purple) y John Bonham (Zep), y las sutilezas de Nick Manson (Pink Floyd) y Bill Bruford (Yes), y las discusiones con mis compañeros por imponer quién era el mejor, y las largas sentadas en el cuarto del compañero de colegio que conseguía discos importados. Todo era sueño, todo era porvenir. “Buenísimo”, le digo, y mientras ensaya sus primeros redobles sobre las rodillas con pitucones me prometo que apenas llegue el fin de semana revisaremos discos juntos, le haré escuchar a mis héroes de entonces, le contaré mi propia adolescencia y mis intentos fallidos con el piano, le diré que está a punto de empezar a ser libre, o a soñar con la libertad como si esta fuera posible, y cantaremos a los gritos Escaleras al cielo mientras trepamos el futuro.


martes, 25 de marzo de 2008

Papiros digitales

En un diario del fin de semana, no recuerdo cuál, se menciona un viejo tema que desde siempre inquieta a quienes producen textos: el precipicio de la página en blanco. Leo con interés, porque la sola idea de actualizar este blog diariamente me enfrenta a esa sensación de vacío, parado frente al abismo, sin nada que decir que valga verdaderamente la pena. En estas tres primeras semanas, las pequeñas observaciones acerca de hechos puramente periodísticos han convivido, no sé si naturalmente, con registros aún más pequeños de la vida personal. Durante estos días, compartí un momento de lectura con uno de mis hijos (yo con Sale el espectro de Philip Roth, él con su Harry Potter), lo registré en un par de fotografías domésticas y pensé en contar ese momento de maravilla. Me detuve entonces en las trampas del narcisismo o la vanidad, que tan a menudo nos hacen compartir con los lectores episodios cuya luminosidad fulgura en la intimidad del hogar, para apagarse apenas toma contacto con el mundo exterior. La blogósfera abunda en bitácoras personales, producto de una suerte de big bang que en poco tiempo dispersó millares de pequeños planetas en esta extraña galaxia. Muchas veces sorprende al lector (o al navegante, para decirlo de modo más riguroso) la hojarasca de una vida sin interés para el prójimo o el polvo del exhibicionismo personal. Pero también la literatura va encontrando su lugar en esa galaxia, sobre toda la obra oculta de escritores cuyos textos difícilmente hubiera descubierto la maquinaria de las editoriales, con sus esquemas de negocio tan poco dados a la exploración de nuevos autores. (Orsai, el blog de Hernán Casciari alojado en el segmento de Narrativas, es un ejemplo afortunado de producción de relatos.) Me dicen que acaso el Diario de un editor debiera dar cuenta de otros episodios de la vida de los medios, como parece prometerlo desde su título. Es probable que la sobrepromesa frustre a algunos. Pero, en todo caso, quiero entender este espacio del mismo modo en que vislumbré el periodismo hace treinta años, cuando me acerqué a la profesión: una excusa, apenas, para tomar contacto con otros mundos distintos del mío. Cuando era niño soñaba con ser director de orquesta, fascinado con la posibilidad de armonizar decenas de voces en busca del maravilloso sonido de una voz colectiva. Quizá la construcción de un blog tenga algo de ese milagro de la creación artística (con sus hipertextos y sus enlaces recomendados, con sus videos y fotografías, con sus músicas y sus redes sociales) aunque sea menor su ambición y aunque estas anotaciones de un viajero lo vuelvan fugaz e irremediablemente olvidable. Sin embargo, los arqueólogos de otro tiempo encontrarán en estos planetas minúsculos las piezas de una rara cartografía para comprender el pasado. Será tarea de esos navegantes del tiempo separar la paja del trigo, y leer con astucia los papiros digitales en los que los hombres, ahora, inscriben su historia.

lunes, 17 de marzo de 2008

Jazz en París



Si tienen tiempo alguna de estas noches, cualquiera de los discos de la colección Vogue es una fantástica compañía. En los años 50, París fue refugio de algunos de los jazzmen norteamericanos más exquisitos de ese momento de fulgurante modernidad. Casi todos ellos (Dizzy Gillespie, Thelonious Monk, Johnny Hodges, Coleman Hawkins) encontraron en ese país un respeto artístico que sólo les sería dado con el paso de los años en los Estados Unidos. Charles Delauney, crítico de jazz francés, fue el responsable de reunir esas grabaciones magistrales, que incluye rarezas como el álbum de Martial Solal (responsable de unos cuantos soundtracks del cine francés, incluído el de Sin aliento de Jean-Luc Godard) y el de la excepcional pianista Mary Lou Williams. En el video, el Mary Lou Williams Trio interpreta Persian Rug.

Quemá esos libros

Un amigo me muestra un dispositivo al que llama e-book. Me dice que es una biblioteca virtual que en poco tiempo más alojará cientos de libros en el ciberespacio. Leo en El País de Madrid (lo leo en su edición digital) un espléndido informe que es nota de tapa de Babelia. Se dice allí que existen en el mercado, ya, varios dispositivos en los que convergen internet, la telefonía, el MP3 y el GPS. Y los libros, claro. Animal crecido en la jungla del papel, me consuelo las grandes quemas de libros ocurridas en las últimas décadas: en la plaza de la Opera de Berlín durante el nazismo (“en la Edad Media me habrían quemado a mí”, se resignaba Freud), el saqueo del Museo Arquelógico de Bagdad durante la invasión norteamericana a Irak y la incineración de la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina en Sarajevo. Se quemaron libros en casi todas las épocas, claro, se escribieron índices de libros prohibidos y aun los intelectuales y pensadores demostraron que esa forma de la ignorancia no proviene sólo del fanatismo religioso y la opresión ideológica. Descartes pidió a sus alumnos que destruyeran los volúmenes anteriores a su Discurso del método, David Hume abogó por la quema de los manuales de metafísica, los futuristas de comienzo de siglo pasado propusieron sin más la extinción de las bibliotecas y Vladimir Nabokov, en un gesto de provocación intelectual e incorrección poética, quemó un ejemplar de El Quijote ante seiscientos alumnos durante una de sus clases en el Memorial Hall, en Massachusetts. Es el mismo Borges quien nos brinda algún consuelo poético cuando en La biblioteca de Babel cuenta que algunos hombres vislumbraron que lo primordial era eliminar obras inútiles y se entregaron a desaparecer esos volúmenes. Sin embargo, escribe Borges, no han podido percibir que “la biblioteca es tan enorme que cualquier reducción de origen humano es infinitesimal”. La memoria es más larga que cualquier forma de la ceguera. Y más, claro está, en tiempos del gran archivo digital.

viernes, 14 de marzo de 2008

Sexo disidente

¿Espejo narcisista de la comunidad gay o herramienta que promueve una sexualidad plural? La aparición de Soy, suplemento del diario Página/12 acerca del sexo disidente, es un verdadero gesto político. Quizá se trate de la decisión editorial más audaz en un medio de alguna penetración masiva, por fuera de publicaciones militantes destinadas a la comunidad gay, como lo son Guapo e Imperio. Soy ensaya una mirada sobre el lifestyle gay, no exenta de humor e ironía, pero también entrevista a Raúl Zaffaroni en un intento por comprender las barreras que establece una sociedad desconfiada y ancestralmente reaccionaria. El testimonio es interesante en sí mismo, y contiene observaciones muy sutiles. Cuando le preguntan si podría compararse la negación de derechos civiles a lesbianas, gays, travestis, transexuales y bisexuales con las que padecen otras minorías, el juez señala: “Sin duda hay un claro paralelo, aunque no reiteración, porque las situaciones no son idénticas. El paralelo proviene de que las ideologías racistas o discriminatorias lo son en bloque, o sea, consideran inferiores a todos. Para los nazis e integristas norteamericanos, son inferiores todos los que no se parecen a ellos. La reacción antidiscriminatoria es siempre sectorial, cada uno combate contra su propia discriminación, e incluso discute con el otro discriminado, porque su discriminación es peor, y también se vuelve discriminador”. Durante la última década, ha sido importante la incorporación de lo homosexual en la producción cultural así como su difusión en los medios de prensa; no lo homosexual reducido a una marioneta ridícula o como símbolo de la marginalidad y la perversión, no lo homosexual como expresión utilitaria del llamado pink market, sino como parte de una cultura de la diversidad y un conflicto propio de la condición humana. Ese es el aporte de Soy, por encima de sus hallazgos o límites puramente periodísticos.

jueves, 13 de marzo de 2008

El día que murió la risa

Entonces me puse a pensar en quienes me han hecho reir todos estos años. En Groucho Marx y Charles Chaplin, en Buster Keaton y Jerry Lewis, en Don Adams y Woody Allen y Mel Brooks y todos los demás. En los mediodías de la infancia con Moe, Larry & Curly, en los chistes inocentes de Pepe Biondi, en el paso de comedia elegante de Dick van Dyke, en en el disparate sofisticado de Monthy Python. Me he reído mucho aun en tiempos oscuros, y siento una deuda de gratitud con todos ellos. He pensado esto ayer en la noche cuando la televisión argentina rendía tributo a uno de sus humoristas más brillantes el día de su muerte. He pensado qué pena, habiendo tanto hijo de puta por ahí, que se haya ido con su humor filoso pero también pura ternura, porque había ternura y disimulada melancolía en los ojos de Jorge Guinzburg, había una ligera tristeza de payaso que lo volvía entrañable y conmovedor. He pensado todo eso, como tantos de ustedes y de quienes derrocharon cariño en los sitios saturados de internet, y presa de mi oficio intenté ponerle un título a la noticia, encontrar una idea o un sentimiento aprisionado en veinticinco caracteres, tenés 10 minutos para entregármelo, como sucedía en los tiempos en que trepaba a la Olivetti en pleno cierre para despedir a figuras del espectáculo si la nota necrológica no había sido preparada, como ocurre muy a menudo, con anticipación. Y fue entonces cuando recordé la escena, un kiosko con el último ejemplar de Time recién llegado a Buenos Aires una semana tristísima de diciembre de 1980, y el título de la portada pegándote en los ojos: THE DAY MUSIC DIED.